miércoles, 14 de marzo de 2007

Los perros de Tesalónica

Autor: Kjell Askildsen / Ed. Lengua de trapo 2006 / Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

“Volvía a casa cuando estaba poniéndose el sol. Abrí con la llave. Todo estaba en silencio. Entré en el salón. Daniel está allí sentado. Así que has vuelto, dijo. No contesté. ¿Dónde has estado?, preguntó. Dando una vuelta, respondí y me senté. Te fuiste sin decir nada, señaló. No contesté.”

La navaja de Askildsen o el arte de no contar

Dicen que las puñaladas se sienten pero no se oyen; algo parecido me ha pasado con Los perros de Tesalónica. El pulso del noruego no tiembla en ningún momento durante los siete relatos de un libro sobresaliente. Su corte vigoroso y frío, su voz grave y sus ojos, los nuestros, siempre dirigiéndose hacia los aparentemente inocuos acontecimientos, nos llevan a un mismo paraje donde yacen amores moribundos y deseos insatisfechos.

Como un Carver en un día de lluvia, el autor se sirve de una economía narrativa envidiable para para hablarnos de hombres que callan, de hombres que presumiblemente lo tienen todo pero siguen deseando mujeres que no son la suya, vidas que pudieron ser, que podrían ser pero no serán. El anhelo como rumor subterráneo y amenazante, que cada vez que encuentra una grieta para aflorar a la superfície se encuentra con un Askildsen despiadado que lo devuelve a la oscuridad, donde continuará carcomiéndose.

Askildsen apela a la insatisfacción que duerme en nosotros, ofreciéndonos una contenida promesa de destrucción.

Saber callar, dejar que sea el silencio que nos atraviesa el que nos explique.

“No has cambiado, dijo ella. No, contesté, lo hecho, hecho está.”

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